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los elegidos



Marcos 3:13–15

"13 Después subió al monte, y llamó a sí a los que él quiso; y vinieron a él. 14 Y estableció a doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar, 15 y que tuviesen autoridad para sanar enfermedades y para echar fuera demonios:"


Hay experiencias que no solo nos enseñan algo nuevo, sino que nos transforman. No salimos iguales después de una formación profunda. En el mundo antiguo existía una idea muy clara de esto: alma mater, “madre que nutre”. No se trataba solo de aprender datos, sino de ser moldeados por aquello que nos daba identidad, dirección y sentido.


La Biblia nos muestra que el discipulado funciona de una manera muy similar, pero mucho más profunda. Jesús no forma seguidores por medio de información, sino por medio de una relación. Por eso, antes de enviar a los suyos al mundo, los llama a estar con Él.


Marcos lo narra así:

“Después subió al monte, y llamó a sí a los que Él quiso; y vinieron a Él. Y estableció a doce, para que estuviesen con Él, y para enviarlos a predicar” (Marcos 3:13–14).


El discipulado comienza con una verdad fundamental: la iniciativa siempre es de Dios. Jesús llama “a los que Él quiso”. No es el mérito del discípulo lo que provoca el llamado, sino la gracia del Maestro. La Escritura es consistente en esto: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros” (Juan 15:16). Antes de que pensemos en buscar a Dios, Dios ya ha pensado en llamarnos.


Sin embargo, el llamado requiere una respuesta. Marcos dice: “y vinieron a Él”. Seguir a Jesús implica movimiento, decisión y renuncia. Venir a Cristo no es solo acercarse físicamente, sino dejar atrás antiguas formas de pensar, viejas seguridades e identidades que ya no nos definen. Por eso Pablo afirma: “El que está en Cristo, nueva criatura es”

(2 Corintios 5:17). No se trata solo de un cambio de conducta, sino de una nueva vida.


Pero el centro del discipulado no es hacer, sino estar. Jesús los llamó primero “para que estuviesen con Él”. Permanecer en su presencia transforma la mente, el corazón y las motivaciones. No somos definidos por lo que producimos, sino por con quién caminamos. Más adelante, los discípulos serían reconocidos por esto mismo: “Reconocían que habían estado con Jesús” (Hechos 4:13).


Solo después de ese proceso viene el envío. La misión no es el punto de partida, sino la consecuencia natural de una vida transformada. Jesús mismo lo expresó así: “Recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos” (Hechos 1:8). El testimonio cristiano no nace de la autosuficiencia, sino de la obra del Espíritu en quienes han sido llamados, formados y enviados.


Por eso, predicamos porque hemos sido alcanzados. Hablamos porque algo cambió dentro de nosotros. Como dice el apóstol Pablo: “Creí, por lo cual hablé” (2 Corintios 4:13).


Todos tenemos una alma mater espiritual. Algo está formando nuestra manera de pensar, vivir y decidir. La pregunta es inevitable: ¿quién está moldeando tu identidad hoy?


Jesús sigue llamando: a acercarnos, a permanecer, a ser transformados y, entonces, a ser enviados. Porque solo quien ha estado con Él puede representarlo fielmente en el mundo.


Dios bendiga tu vida.

 
 
 

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